Retrato de Coppi

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Retrato de Coppi

Notapor Esteban » Mié Feb 03, 2010 7:01 pm

LA CRÓNICA QUE NO SERÁ

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La modificación del recorrido de la décima etapa del Giro de Italia 2009(martes, 19) impedirá al 'tifoso' disfrutar del espectáculo icomparable de los Hautes-Alpes franceses, pero también evitará a los corredores el mal trago de compararse con los héroes del pasado, con Fausto Coppi, el 'campionissimo', homenajeado 60 años después de escribir una de las epopeyas más grandiosas del ciclismo.

Hoy resulta complicado, misión casi imposible, encontrar fuentes directas capaces de rocordar con detalle lo sucedido aquel 10 de junio de 1949 en la abrupta región del Piamonte, en aquella Italia hambrienta y triste en busca de estímulos con que apegarse a la vida. Y los encontró en la carretera, en dos hombres sobre una bicicleta. A través de Coppi y Bartali, Bartali y Coppi, Italia recobró el pulso. Se hace imprescindible aquí citar a los clásicos.

Dino Buzzati, afamado periodista y escritor, cubrió para 'El Corriere della Sera' el Giro de Italia de 1949 a pesar de reconocerse un completo desconocido en la materia. Su falta de experiencia cilcista no emborró su excelente habilidad como cronista para ofrecer una fiel estampa del ciclismo de entonces. He aquí un extracto de su crónica:

Pinerolo, a 10 de junio. Durante la noche.

Cuando hoy, durante la ascensión por las terribles pendientes del Izoard, hemos visto a Bartali lanzarse solo en persecución, a grandes golpes de pedal, manchado por el lodo, hundidas las comisuras de los labios en un rictus que expresaba el sufrimiento de su cuerpo y su alma –Coppi ya había pasado por ahí hacía un buen rato y afrontaba las últimas rampas del puerto- , ha resurgido en nosotros, 30 años después, un sentimiento que nunca hemos olvidado. Hace 30 años, quiero decir, aprendimos que Héctor fue asesinado por Aquiles. ¿Resulta semejante comparación demasiado solemne, demasiado gloriosa? No. ¿De qué serviría aquello que se ha convenido llamar estudios clásicos si los fragmentos que restan en nuestro espíritu no forman parte de nuestra modesta existencia? Por supuesto, Coppi no posee la fría crueldad de Aquiles; más bien al contrario…

Ambos campeones son, sin duda alguna, los más cordiales, los más amistosos. Pero Bartali, más distante, más brusco –de forma inconsciente, en cualquier caso- vive el mismo drama que Héctor: el drama de un hombre vencido por los dioses. Contra la misma Atenea debió luchar el héroe troyano: su muerte resultó fatal. Fue contra una fuerza sobrehumana contra la que luchó Bartali, y no podía sino perder; es el poder maléfico de los años. Su corazón, sin embargo, sigue siendo formidable; su musculatura se mantiene en perfecto estado y su espíritu guarda la firmeza de los años en que la suerte le sonreía. Pero el tiempo hace estragos sin que él se percate de ello; poco a poco, ha atentado contra las maravillosas vísceras de este ser humano: poca cosa, porque ni los médicos ni el instrumental han registrado la más mínima alteración. Sin embargo, el hombre ya no es el mismo. Y hoy, por segunda ocasión, ha perdido.

Esta etapa, que devora a los hombres –"jamás habíamos visto una prueba ciclista tan terrible", decían esta tarde los técnicos más expertos- comenzó en un valle triste, bajo la lluvia, bajo grandes nubes, entre la niebla flotando a ras de suelo, entre un clima de malestar, una atmósfera depresiva. Arropados por sus impermeables, los corredores, como para protegerse de este tiempo hostil, se apretaban unos contra otros, y juntos se arrastraban en la escensión del valle de Stura como orondos y letárgicos caracoles. Misteriosamente, el otoño ha llegado, la ruta está desierta; Pudiera ser que ya no encontráramos más pueblos, ni criaturas humanas. […] Este era el espíritu reinante. De vez en cuando, la cortina de niebla se abría , dejando entrever las lejanas cimas negruzcas. Aunque destellos blancos nos recordaban que en ciertos lugares de esta tierra, pudiera ser, resplandecía el sol.

La tropa melancólica de estos caracoles gordos tan maltratados escapó de la oscuridad lluviosa al superar Argentera. Nos encontrábamos ya en altitud, y el valle se extendía. Nos destacamos delante y, en las pendientes del 'col' de la Madeleine, miramos desde arriba esta carretera deslizante cuyo zig-zag se pierde en el fondo del valle. ¡El sol! El azar favorable nos permitió asistir a la escena decisiva, a la más importante hazaña de la guerra, la que disipó cualquier duda y puso fin a las discusiones y polémicas que apasionaban a todo un país. De este instante tan breve enmarcado en la soledad majestuosa de las montañas debía depender el resto: el triunfo de un hombre joven y el irremediable crepúsculo de otro que ya no lo era tanto.

Centenas de miles de italianos hubieran pagado quién sabe cuánto por estar allí arriba, dónde estábamos, por ver lo que veíamos. Durante años y años se hablará de este hecho que en sí mismo no parece poseer una particularidad especial: simplemente un hombre en bicicleta que se aleja de sus compañeros de viaje. Y, sin embargo, a los bordes del camino, irresistible, pasaba en aquel instante – no se rían- lo que los Antiguos solían llamar Destino. […]

Dominábamos de tal forma a los corredores que la perspectiva, casi vertical, los transformaba en una especie de pequeños insectos coloroeados que se deslizaban con una lentitud extrema. Esta tropa se vio sorprendida repentinamente por temblores ligeros. ¿Se despertarían al fin? Uno de ellos, mancha minúscula y anaranjada, se despegó de los otros y rápidamente los distanció. Era Primo Volpi. Enseguida comprendimos, al ver sus colores, que no se trataba de uno de los 'gigantes'. A continuación, otra pequeña silueta, colereada de blanco y azul, brotó inmediatamente de un costado del pelotón, arqueando la espalda, aceleró y en poco tiempo se reunió con el 'maillot' naranja. Menos de 500 metros nos separan de ellos, a vista de pájaro. "¡Pero, si es Coppi, es Coppi! ¡Se reconoce perfectamente su estilo!", gritaba la gente. En efecto, era él. A una velocidad impresionante, teniendo en cuenta el desnivel de la pendiente, despegó literalmente hacia las cumbres, perseguido, durante tres o cuatro curvas, por la pequeña mancha naranja. Pero muy pronto se quedó solo.

El balanceo somnoliento de la tropa se interrumpió. Tras el sillín de Coppi otros dos corredores protagonizan un demarraje seco distanciando al pelotón. Y dos más. ¿Y Bartali? ¿Nuestro gran hombre no reaccionaba? Sí. Lo vimos librarse, con dificultad, de la mitad del pelotón, salir por la derecha dando bruscos golpes de riñón para lanzarse en su persecución. Pero, hecho extraño, diríamos que lo hacía sin convicción, que no creía en ello, que consideraba su movimiento fingido y completamente inofensivo. Después retomamos el coche y, entre nubarrones y rayos de sol intermitentes, coronamos La Madeleine, perdiendo de vista a los corredores.

No veremos más que a dos hasta Pinerolo. El fugitivo y quien le persigue: los dos héroes más grandes que se disputan el reino apretando los dientes. Los otros permanecen detrás, cada vez más lejos, separados por pequeños valles y precipicios, luchando entre ellos con valentía; pero en lo sucesivo quedaron aparte. Todo se resume así: a un combate entre dos solitarios; la angustia oprimía los corazones. Tras descender a toda velocidad el camino de La Madelaine, plagado de trampas, encontramos en un valle oscuro a los gendarmes franceses, todos ubicados en los cruces, como para recibirnos; escuchamos el eco de palabras diferentes de las nuestras; el camino, abrupto y rodeado siempre de picos, ascendió sin piedad con destino al 'col' de Vars; aparecieron otras montañas, todas melancólicas y salvajes. […] Comenzábamos a comprender por qué decían que la etapa de los Dolomitas era una broma comparada con la de hoy. La Madeleine bastaba para agotar a un toro. Y apenas habíamos empezado.

La victoria se decantó del lado de Coppi desde los primeros minutos del duelo. No hubo una sombra de duda entre aquellos que lo vieron. En estas rampas malditas, su golpe de pedal era de una potencia irresistible. ¿Quién hubiera podido detenerlo? De vez en cuando, para mitigar el sufrimiento infligido por el sillín, se incorporaba sobre los pedales. Tan ligero era, diríamos, que trataba de estirar sus miembros, como hace un atleta tras un largo reposo. Veíamos los músculos, bajo la piel, semejantes a serpientes extraordinariamente jóvenes forzadas a salir de su envoltura. Como antes en los Dolomitas, avanzaba con una calma absoluta, como si hubiera olvidado que por detrás un lobo le talonaba. Desde coche de su equipo, siempre a su lado, Zambrini le observa y sonreía. siempre seguro del triunfo. […]

En la frontera, próxima La Madeleine, contaba con más de dos minutos de ventaja, y cuatro minutos y 29 segundos en la cima de Vars. A continucación, se perfilaba la inquietante muralla del Izoard, al fondo de una larga y horrible garganta. ¿Supondría esto la claudicación definitiva de Bartali? El mal tiempo, en otro tiempo su fiel aliado, no le ha aportado ninguna ayuda esta vez? ¿Ha desaparecido su resistencia legendaria? No. Bartali siempre se asemeja a sí mismo: cabeza dura, implacable. Pero, ¿cómo resistir a quien favorecen los dioses? Salpicado por el lodo, la cara gris pero su gesto inmóvil a pesar del esfuerzo... Pedaleaba, pedaleaba, como si se sintiera perseguido por una bestia terrible. [...] Era sólo el tiempo, el tiempo irreparable que corría deprisa. Qué gran espectáculo ver a este hombre solo, en esta garganta salvaje,, luchando contra la edad. [...]

Coppi aumentó su renta en el Izoard, la montaña cuyas rampas proporcionaron a Bartali mayor gloria que todos los Dolomitas juntos y sobre las que asentó su segunda victoria en el Tour sólo un año antes. Coppi se encontraba por primera vez con el coloso que no tardaría en convertirse en su aliado. El periodista y escritor francés Jean-Paul Ollivier ofrece una conversación ficticia de este primer encuentro: "Ah! Es usted, señor Izoard. Encantado de conocerle. Su aire no resulta tan ingrato como me habían dicho y que el otro [Bartali] creía. Podemos hacernos buenos amigos, ¿sabe usted?".

La ventaja de Coppi aumentará hasta los 6'46" en la cima del Montgenevre, hasta los 8' en Sestriere y por poco no superará los 12 minutos en el estadio de Pinerolo. Coppi cubrió en solitario 90 kilómetros de ascensión y 100 de descenso y plano. Concluye Buzzati: Por primera vez, Bartali ha comprendido que llegó la hora del crepúsculo. Y por primera vez, sonrió. Nuestros propios ojos pudieron constatar el fenómeno. Alguien le saludo al borde del camino. Y él, girando ligeramente la cabeza, sonrió: el hombre arisco, distante, antipático; el oso intratable, el de las incesantes muecas de descontento, ha sonreído. ¿Por qué hiciste eso, Bartali? ¿No sabes que, mostrándote así has destruido esa especie de brusco encantamiento que te protegía? ¿Los aplausos de la gente que no conoces comienzan a resultarte afectuosos? ¿Tan terrible resulta el paso de los años? Finalmente, te has rendido.

La crónica de Buzzati forma parte de la historia del ciclismo, aunque toda la literatura del mundo no hubiera bastado para sustituir a la cita que hoy vuelve a resonar en el mundo entero. Salió de la boca de Mario Ferretti. El comentarista de la RAI inició así su crónica en directo de la etapa ya superada La Madeleine: "Un uomo solo è al comando; la sua maglia è bianco-celeste; il suo nome è Fausto Coppi".

Clasificación etapa:
1° Fausto COPPI 254 km. en 9:19.55 (media: 27,218 km/h.)
2° Gino BARTALI a 11'52"
3° Alfredo MARTINI a 19'14"
4° Cottur mt.
5° Bresci mt.
Clasificación general:

1° COPPI
2° Bartali a 23'20"
3° Leoni a 26'54"
4° Cottur a 37'33"
5° Astrua a 39'22"


RETRATO DE COPPI

"Fausto Coppi", escribe Curzio Malaparte, "no tiene a nadie en el cielo que se ocupe de él". Sólo confía, por tanto, "en el motor que le ha sido encomendado, su cuerpo". Louison Bobet, el primer ganador del Tour de Francia durante tres ediciones consecutivas (1953, 54, 55), completa el apunte: "Con la llegada de Coppi, las medias de velocidad pasaron de 32 km./h. a 40,45 km./h. Él comprendió la necesidad de asimilar los alimentos a la velocidad del momento. Los bollos y los sándwiches han desaparecido de la competición. La alimentación racional y científica del ciclista se la debemos a Fausto".

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Foto: elmundo.es

Y a Biagio Cavanna, aquel mago de los músculos, el viejo masajista ciego –a causa de un mal de origen sifilítico, decía- cuyas manos veían, según sus palabras, "mejor que cualquier ojo humano" y cuyos oídos detectaban "sonidos desconocidos para vosotros". Coppi no volvió a separarse de él tras aquel primer encuentro en casa del misterioso entrenador siempre oculto tras sus gafas negras. Aquel día, tras presentarse con un simple "Coppi, Coppi Fausto", Cavanna plantó sus manos sobre los tobillos del joven para detenerse después en los gemelos, las rodillas, los muslos. No dijo nada. A continuación, escuchó el lento compás de su corazón. Tampoco habló esta vez, pero se le iluminó el rostro. Coppi, "un hombre que no posee el aspecto de los campeones, con un corazón grande como el Izoard", reza la letra de la canción de Gino Paoli.

"Él [Cavanna] supo indicarme", contó un día Coppi, "el camino que debía seguir: el de la consciencia, la seriedad, la honestidad. Comenzó a guiarme física y mentalmente cuando mi confianza amenazaba con derrumbarse. Con inteligencia, también sabía incitarme a tomar la vía más difícil en todo aquello que me proponía".

Del periodismo literario de entonces, heroico también, a la altura de aquellos ‘gigantes’, destaca por su precisión el 'Retrato Breve de Fausto Coppi', de Gianni Brera, escrito en París el 26 de julio de 1949 –dos días después de que el piamontés alcanzara una meta nunca antes conquistada: el rosa y el amarillo en un mismo curso- y publicado al día siguiente en la 'Gazzetta dello Sport'. Ésta fue su primera impresión de aquel hombre de proporciones asimétricas, corto de tronco, largo de piernas y nariz afilada al que en Italia apodaban 'Airone' (Garza): "Sobre dos hombros inusualmente nace una cabeza de negros y lisos cabellos, casi nunca peinados, sin un corte ordenado. El cuello, sutil, se pierde en la finura de la mandíbula y la nuca. El tórax, por una anomalía inexplicable que, sin embargo, resulta funcional, aumenta su tamaño a medida que desciende".

Brera destaca también su musculatura "suelta y bien torneada". Y añade: "Nerviosas son las rodillas, rápidos los gemelos, ágiles los tobillos". Y es que Coppi, coinciden los cronistas, no nació, como el resto, para caminar. "La estructura morfológica de Coppi, si me lo permiten, parece un invento de la naturaleza para completar el modestísimo arte mecánico de la bicicleta. Coppi en acción deja de ser un hombre al que le afectan los límites ordinarios. Coppi, encaramado sobre el manillar, resulta un ser superior, una máquina de carne y hueso al que no podemos reconocer como igual".

"En el giro uniforme de las pedaladas, sus músculos emiten un sonido leve y seco, como gomas elásticas [...] creando un espectáculo de fácil mecánica y vigor humano que conquista", añade Brera. "Procede ágil por el plano [...] y entonces, oscilando rítmicamente sobre sus pedales, se pega a una subida y lo ves superar los límites humanos, donde se recupera la antigua belleza de los mitos. Y no osas mirarlo porque piensas que él no es como tú, un hombre".

EL RIVAL

Gino Bartali, en cambio, "es un hombre en el sentido antiguo, clásico, metafísico también, de la palabra. Sabe que un simple error en el motor de la providencia puede suponerle la derrota. Sólo levanta la cabeza para mirar el cielo", reflexiona Malaparte. Bartali, 20 años en activo y una Guerra Mundial de por medio. Bartali, el viejo león, el único doble campeón del Tour con 10 años de diferencia entre el primer y el segundo título. Bartali, el 'monje', piadoso en la vida, fiero sobre su herramienta. Bartali, "cabeza dura, implacable", escribió Dino Buzzati tras la inolvidable Cuneo-Pinerolo en el Giro de 1949. Bartali, la obsesión por Coppi, su 'delfín' en aquel invencible equipo Legnano, que no dudó en birlarle el Giro de 1940, triunfo sepultado por Mussolini y su declaración de guerra a Francia. Bartali, el ciclista que, dicen, evitó al país de un conflicto civil con su victoria en el Tour de 1948, días después del atentado contra el líder comunista Palmiro Togliatti. De aquella victoria, Iglesia y Estado extrajeron una conclusión: el deporte, como efecto anestésico y amnésico, resultaba un instrumento más que eficaz.

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Foto:elmundo.es

Bartali, hombre tosco y reservado, hombre de casa, felizmente casado con Adriana, no acostumbraba de dejarse ver en público si no era para competir. Coppi, más amable, mirada melancólica, distante –más aún tras la muerte en 1951 de su hermano Serse- escandalizó a toda Italia desde el podio instalado en Lugano en 1953 con motivo de los Campeonatos del Mundo. Allí, enfundado en su nuevo 'maillot' arcoíris, entregó las flores del campeón a una dama vestida de blanco que no se llamaba Bruna, su esposa, sino Giulia Occhini, o Locatelli cuando utilizaba su apellido de casada. La reacción de la sociedad, siempre cruel en estos casos, más aún en 1953, no resquebrajó aquel amor. Por amor, ambos sacrificaron la convivencia con sus respectivos hijos.

En la convulsa Italia de posguerra, dos hombres sobre una bicicleta crearon un nuevo motivo de desencuentro nacional. A partir de 1940 y hasta la retirada de Bartali, en 1954, sólo la guerra les distanció. Coppi acabó en África, prisionero de los ingleses, y Bartali encontró en su sillín la manera de transportar salvoconductos para los judíos amenazados en Italia. Tras la paz, la batalla se concentró de nuevo en los Dolomitas y en los Alpes. Coppi ganó la partida. Su palmarés, sesgado por los cañonazos, como el de Bartali y tantos otros, supera con creces al del toscano, tanto en número como en variedad.

Conscientes ambos de que la historia los había emparejado para siempre, convivieron en el respeto y, en ocasiones, en la cordialidad. Se se vieron por última vez en el entierro de Coppi. El ciclista más carismático de la historia, para muchos el mejor de todos los tiempos por su versatilidad en la carretera y en la pista, por su dominio total sobre el plano y su cadencia infernal a gran altitud, falleció el segundo día de 1960, a los 40 años, por culpa de esa soberbia médica que, en ocasiones, acaba con la vida de los pacientes. Una dosis adecuada, y a tiempo, de quinina habría evitado parte del sufrimiento provocado por la malaria contraída durante una exhibición en Burkina Faso y, en definitiva, su muerte. La quinina que, al otro lado de los Alpes, salvó a Raphael Geminiani, el 'Gran Fusil'. Bartali dejó este mundo en paz, acostado en su cama, el 5 de mayo de 2000, cumplidos los 85 años. Quizá no le falte razón a Malaparte al asegurar que "Gino irradia calor humano, Fausto despide un aura de soledad".

Fuente:elmundo.es
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